9.11.14

Don Quijote Enjaulado un Ejercicio de Lectura

ALICIA PARODI
Universidad de Buenos Aires


En los pasajes más claros se debe aprender el
modo de entender los oscuros
San Agustín, DC,III,XXVI, 371


Nuestro oficio de lectores tiene bases muy antiguas, como se puede leer por el epígrafe. No hay otro secreto: dada una cadena de motivos que se repiten y varían en forma aparentemente inconexa, a la luz de la ocurrencia menos opaca, restablecer la unidad de los restantes. 

Hemos elegido el de la jaula porque tiene la peculiaridad de llevarnos desde el Prólogo de la Primera parte hasta el último capítulo de la Segunda. Antes de presentarnos a sus personajes, Cervantes nos habla del libro, un hijo “seco, avellanado, antojadizo, y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como que se engendró en una cárcel” Prólogo,7)2. La cárcel, entonces, está en su misma concepción, y deberemos tener respeto a esta marca inicial.


En cierto sentido, ella parece poner a prueba el ícono cultural que nos devuelve en grabados, portadas, estatuas, estatuillas y souvenirs, la imagen del airoso caballero que se lanza, armado de pies a cabeza, -menos ¡ay! la celada de encaje-, en pos de las aventuras que le depararán eterno nombre y fama. Y junto con él, el abultado Sancho Panza, en quien se cifran “las gracias escuderiles”. Y ya decimos que la falta de celada fue remplazada por cartón con barras de hierro.

La tres salidas el héroe van a estar moduladas por prisiones de distinta índole, aunque jaulas, específicamente jaulas, hay una al final de la segunda salida, en el capítulo 46 de 1605; un par de jaulas encierra a locos en el cuento del barbero en el capítulo 1 de 1615, una suerte de diagnóstico del estado de salud mental de don Quijote; una más, antes de la tercera salida, en el capítulo 6 de 1615; la jaula de leones, en el capítulo 17, también de 1615, y por fin la última, en el penúltimo capítulo de la obra, la jaula de grillos.

I. 1605 La primera y segunda salida: las jaulas del camino.

La primera salida culmina en incendio de “cuerpos de libros”, y un aposento tapiado para evitar en lo futuro esas lecturas que enloquecieron a su dueño. No obstante, damos vuelta la página y ya está allí la promesa de la siguiente salida. Lejos de prevenir nuevas aventuras, esta prisión vacía deja afuera el virus ya inoculado. La locura suma ahora un personaje más, el escudero Sancho Panza, para reivindicar todos los apetitos el cuerpo. Una señal para leer a don Quijote: podemos adivinar, entonces que éste deberá ser purgado. 

No es casual que esta imagen de las rejas, metáfora más que conocida del cuerpo como cárcel del alma, articule penitencia e iluminación durante el trayecto de la segunda salida.

Las rejas purgativas aparecen en esta segunda salida, en la rápida reseña de la vida del caballero aventurero que don Quijote hace a Sancho, en el capítulo 21, pretendiendo convencerlo de que, no obstante los infortunios pasados que le molieron el cuerpo, la conquista del yelmo de Mambrino es garantía de una vida colmada de éxitos. La ilusión está puesta en el casamiento con la princesa, y su futura coronación como rey. En aras de ese ideal, un caballero aventurero como los que cuentan los libros, buscará aprobación demostrando su valor en peligrosísimos encuentros, guerras encarnizadas, conquista de ciudades, batallas y otras hazañas. Pero para reencontrarse con la princesa, a quien dejó tras la reja de su aposento, después de infinitas lágrimas y suspiros, debería tener un nombre. El nombre, en el caso de don Quijote es casi del todo inventado; de modo que no habría otra solución que robarla para forzar la situación. Como se ve, este micro-libro de caballerías, termina en novela picaresca. La reja es símbolo del límite imposible de transgredir en esta etapa de purgación hasta que la penitencia sea definitiva.

Durante esta etapa, antes del capítulo 25, el cuerpo de don Quijote ha ido Nº 22 I JORNADAS CERVANTINAS REGIONALES mortificándose, y hasta descuartizándose. Primero pierde media oreja, luego los dientes, y, además de las doloridas costillas, lo persiguen el hambre y la sed. Pero en el capítulo 25, don Quijote decide asumir la penitencia, y la de Sierra Morena es penitencia gratuita, como la califica Avalle-Arce3. Allí comienza, aun sin saberlo él, su regreso a la aldea. El nuevo escenario, interrumpida su penitencia, será la venta de Juan Palomeque el Zurdo, tan averiada que deja ver las estrellas a través del techo. Es que avanzamos hacia un interior iluminado. Allí se anudarán los rotos hilos de los casos de amor desastrado de los personajes encontrados en Sierra Morena, allí aparecerán nuevos personajes con sus historias, y hasta se leerá toda una novela, El curioso impertinente. Entre los nuevos huéspedes de la venta están el cautivo y Zoraida.

El capitán cuenta su historia de liberación y a la vez la de su salvadora, la mora Zoraida, su prometida, que no sólo ha traspasado las rejas de la ventana de su riquísima casa, sino el mar entero. La del capitán es prisión el cuerpo, pero prisión caprichosa, porque en la batalla en que lo tomaron prisionero, Lepanto, fue una jornada inolvidable para el mundo cristiano, no para él. La de la mora, en cambio, es prisión del alma. Convertida al cristianismo, sólo desea vivir su fe en suelo español. Así se lo explica a su desolado padre, que todavía en la orilla africana intenta detener la fuga de su hija: 

Plega a Alá, Padre mío, que ha sido la causa de que yo sea cristiana, ella te consuele en tu tristeza. Alá sabe bien que no pude hacer otra cosa de la he hecho, y que estos cristianos no deben nada a mi voluntad, pues aunque quisiera no venir con ellos y quedarme en mi casa, me fuera imposible, según la priesa que me daba mi alma, a poner por obra ésta que a mí me parece tan buena como tú, padre amado, la juzgas por mala (41, 372).

Conocemos a los personajes ya libres de sus ataduras. Es importante recalcar que este relato autobiográfico encierra el nombre del autor que figura en la tapa, ya que uno de compañeros de cautiverio, el tal de Saavedra, hubiera sido un sujeto de relato más entretenido y admirable que el de su propia historia. Como si el relato del capitán cautivo fuera una metáfora posible de las aventuras silenciadas del “tal de Saavedra”, el escritor. Pero volveremos al final sobre esta idea.

El capitán cautivo, en el relato intercalado, parece reponer aquellas aventuras protagonizadas por el tal de Saavedra. Pero ahora agregamos un grado mayor de visibilidad, las aventuras de don Quijote. Y ocurre que, éstas parecen repetir en forma paralela e invertida las del capitán cautivo. Porque mientras todos los visitantes de la venta se reconcilian y triunfa el amor, sólo don Quijote, como el capitán cautivo, va a caer en la jaula que, montada sobre un carro, lo devolverá aparentemente a la monótona vida de la aldea. 

Ésta es exactamente prisión de jaula. Pero, ¿qué pasó desde Sierra Morena a la venta? Resumo: el cura y el barbero, han decidido curar a don Quijote homeopáticamente. Esto es, fingir una historia al modo de los libros de caballerías que lo enloquecieron. Ya habían inventado otra ficción, y en parte la
habían puesto en escena: se trata de la de la princesa Micomicona de Etiopía, cuyo reinado, de Micomicón y Etiopía, había caído en poder del gigante Pandafilando de la Fosca Vista, pero la actriz que debía representarla, Dorotea, encuentra en la venta al olvidadizo esposo, y aunque don Quijote cree haberlo vencido, de repente aparece de la nada otro libreto: don Quijote deberá aceptar un provisorio enjaulamiento sobre el carro encantado, si quiere casarse con aquella más divina que humana, Dulcinea del Toboso. La jaula va acompañada de profecía, que, contra todo lo previsto para una prisión, parece auspiciosa:

¡Oh Caballero de la triste Figura! No te dé afincamiento la prisión en que vas, porque
así conviene para acabar más presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso. La
cual se acabará cuando el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina
yoguieren en uno, ya después de humilladas tan altas cervices al blando yugo
matrimoñesco; de cuyo inaudito consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos
cachorros, que imitarán las rumpantas garras del valeroso padre. Y esto será antes que
el seguidor de la fugitiva Ninfa faga dos vegadas las visitas de las lucientes imágines
con su rápido y natural curso. (46, 411).

¡Casarse y formar una familia! La cárcel del cuerpo promete amor y descendencia. ¿Cómo, un ideal tan sedentario? Sin embargo, si recordamos la micronovela del caballero aventurero, en el capítulo 20, no podemos decir que esté fuera del modelo caballeresco. Tampoco en la autobiografía del soldado español, ya que el desposorio con Zoraida es condición de la liberación del capitán cautivo. Esta jaula matrimonial, auspicia, por lo tanto, un futuro luminoso.

Pero cuando se cierra el Quijote de 1605, nada de esto se ha cumplido. Las noticias de la muerte del héroe nos llegan desde lejos: unos manuscritos casi ilegibles nos dan la pésima noticia de que don Quijote ha muerto. Es cierto que antes ha realizado una salida más. Queda entonces una esperanza. Porque si la profecía asegura el cumplimiento de lo prometido antes de que transcurran dos “vegadas” del viaje de Apolo, el sol, por los cielos, quizás podamos traducir el críptico lenguaje profético a dos salidas de su héroe solar, don Quijote. La iluminación se ha producido, y nosotros nos preparamos para recibirla. Con alegría, abrimos la Segunda Parte, la de 1615, donde se nos cuenta la última salida.


II. 1615 La última salida: las jaulas artificiales


Todo 1615 se pregunta por el estado de salud mental de don Quijote, desde el capítulo 1, donde el cuento de locos enjaulados nos avisa, en una comparación explícita, que don Quijote todavía está loco, hasta el último capítulo, donde, “libre de las sombras caliginosas de la ignorancia”, finalmente se reconoce como Alonso Quijano, el bueno, prueba de haber vuelto a “su entero juicio” (I, 469).

El primer párrafo nos recuerda la llegada de don Quijote a la aldea en el carro encantado. Ésta es una victoria espiritual. No vemos ya su cuerpo enjaulado, sino que entre las líneas que nos cuentan los cuidados deparados al enfermo, aparecen las potencias del alma: la memoria, el corazón y el celebro, y la voluntad. Y así, todos los aconteceres de esta segunda parte, se teñirán de ese halo espiritualista, que emana del cuestionamiento al juicio de don Quijote.

Muchos dudan de su cordura, con diagnósticos más o menos parecidos (loco entreverado, entremetidas razones, loco con intervalos de cuerdo). Entre ellos, el caballero del Verde Gabán. Justamente, poco después de encontrarlo, acomete una de las más bravas muestras de su valeroso corazón, desafiando a un temible león enjaulado que, portado sobre un carro como otrora don Quijote, viaja a la Corte, acompañado de su consorte.

El gesto temerario del caballero no deja de despertar admiración, tanto que en lo futuro llevará el epíteto de “El caballero de los leones”. Hubiéramos esperado ver batirse a un Ricardo Corazón de León. Pero, la indiferencia del rey de la selva niega el combate, y con ello el espectáculo del desempeño físico. Don Quijote, puro espíritu, puro nombre, se parece más a su contrincante, un esposo enjaulado. La profecía comienza a cumplirse, aunque de otra manera de la prevista.

El no-combate con el león se realiza en medio del campo. Dos interiores subsiguientes, el palacio de los duques y la casa de don Antonio Moreno nos proporcionarán nuevas modulaciones de la metáfora de la jaula.

En casa de los duques, la metáfora del cuerpo como cárcel -o jaula- del alma, el motivo de la jaula recibe una nueva impronta. La duquesa ha leído la Primera Parte del Quijote, y decide prolongar la actividad creativa del autor sometiéndolo a aventuras de su propia invención4. Verde, insaciable cazadora, intenta reencarnar en la bien llamada “casa de placer” (30, 663) las páginas de la tan divertida Primera Parte. Algo así como representar una comedia. Advertimos que en el caso de la farsa de la princesa Micomicona y en la del carro encantado, no hay un libreto escrito: apenas algunas apuntaciones del cura tracista. Aquí sí la hay, y el protagonista es nada más ni nada menos que nuestro héroe. El objetivo tampoco es el mismo: el cura y el barbero quieren curar a don Quijote; la duquesa, sólo reírse un rato. Como si se tratara de una comedia.

La mímesis es perfecta. El narrador nos dice que cuando don Quijote entró en el palacio de los duques “aquel fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico” (31, 666-7). Parece olvidarse del desastrado episodio del encantamiento de Dulcinea, que ahora luce en la apariencia de una rústica labradora.

Dulcinea es -no hace falta decirlo- la clave de bóveda de la existencia de don Quijote, porque un caballero andante sin amores “era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma”(I, 32), según dice en el momento de convertirse en don Quijote. Ahora encantada, don Quijote, para ser quien es, debe abstraer a Dulcinea de esa horrible apariencia material. Es por eso que cuando la duquesa, en tren de re-presentar la primera parte, le pide que delinease y describiese, pues parecía tener felice memoria, la hermosura y facciones de la señora Dulcinea del Toboso…”, don Quijote contesta :

Si yo pudiera sacar mi corazón, y ponerle ante los ojos de vuestra grandeza, aquí, sobre esta mesa, y en un plato, quitara el trabajo a mi lengua de decir lo que apenas se puede pensar, porque vuestra excelencia le viera en él toda retratada; pero ¿para qué es ponerme yo ahora a delinear y describir punto por punto y parte por parte la hermosura de la sin par Dulcinea, siendo carga digna de otros hombros que de los míos, empresa en quien se debían ocupar los pinceles de Paraíso, de Timantes y de Apeles, y los buriles de Lisipo, para pintarla y grabarla en tablas, en mármoles y en bronces, y la retórica demostina para alabarla? (32, 677, subrayados míos).

Sin duda, Dulcinea, alma de caballero andante, es para don Quijote indescriptible, Pero en este momento en que su prístina hermosura padece el asedio de la materia que la envuelve en innoble apariencia, no sólo no accederá al deseo de la duquesa de exteriorizar a Dulcinea, sino que por el contrario, se precipita a protegerla con su mismo cuerpo. No falta quien, entre los burladores, la imagine en ese dificultoso tránsito hacia el interior del caballero. Todo depende de que el culpable, Sancho, acceda a castigar sus posas.

Si así sucede, el alma del caballero, Dulcinea, en sin igual peregrinación, podrá salirse por la boca o volverse al estómago. De momento, permanecerá inmóvil, “atravesada en la garganta, como una nuez de ballesta” (35, 699-670).

La acción de “comer a Dulcinea” se va a prolongar en una homóloga a la que propone la duquesa, delinear o describir, y en materia dura. Es el último paso de esta secuencia. Don Quijote está encerrado en su aposento, ya en soledad de, cuando su firmeza amorosa es asediada por la más sagaz de las criadas de la duquesa, la pícara y despiadada Altisidora. Ante sus requerimientos amorosos, que lo devolverían al proyecto de la duquesa de reencarnarse comedia, don Quijote abre -apenas- la reja de esta nueva jaula penitencial para confirmar que “Dulcinea del Toboso/ del alma en la tabla rasa, tengo pintada de modo, que es imposible borrarla” (46, 760). Bien le decía la sobrina, cuando todavía no había abandonado la aldea, que era un “poeta”, de los que podían construir casas como jaulas (6, 506). Quizás ahora no necesitaría pedir a Sansón Carrasco que, como poeta, le compusiese versos a su señora Dulcinea del Toboso, con las letras de su nombre en cada comienzo de verso, a riesgo de comprimir alguna letra en redondillas de a cinco (4, 495).

Y esto del alma escrita parece despedirlo definitivamente de la ilusión de corporizar en pleno siglo XVII la andante caballería, y aun la de la duquesa de corporizar las páginas de la Primera Parte. Como si renaciera de un útero dantesco, o merlinesco, don Quijote, fuera del palacio, estalla en la conocida alabanza de la libertad (58). La comedia de los duques se le vuelve ingrata. No es una jaula adecuada. Se trata, como vemos, de un renacimiento espiritual, pero no deja de operar ciertos cambios en la materia.

En el mismo capítulo 58 alaba a las cuatro imágenes de santos de relieve y entabladura que parecen presidir este último trecho del camino, una suerte de Apocalipsis. Al contrario, sabe que debe rechazar -también en el capítulo 58- a las amabilísimas doncellas de la Arcadia fingida que lo invitan a enredarse en la verde comedia de la Égloga II de Garcilaso. De ahora en más, precisamente desde el capítulo 59, en que se entera de la existencia de “otro don Quijote” circulando en papel, el apócrifo de Avellaneda, su única obsesión será sindicar este libro como “falso” y verlo condenado en el infierno. Cosa que logra, a través de Altisidora, en el capítulo 72.

Sucede que, escrita Dulcinea en su corazón, don Quijote, asumirá poco a poco su verdadera identidad. Seguramente, no será ya personaje para ser representado en comedia. La derrota final en las playas de Barcelona es el hito decisivo. La comedia ha recibido su golpe de gracia. Cuando le alzan la visera a don Quijote, “hallárosle sin color y trasudando” (64, 887). Hasta está por dejar sus armas en un árbol, “en lugar de ahorcado” (66,894), como despedida a este recubrimiento imprescindible en ocasión de transformarse en caballero andante, en el primer capítulo de la obra.

La derrota ocurre en la estancia de don Antonio Moreno, donde, como se podía prever por su nombre, la negrura de los artificios mecánicos -la cabeza encantada, la imprenta- nos presentan un héroe con un letrero a la espalda, muy lejos ya de las burlas representadas por los criados de la verde duquesa.


III. Las jaulas y el cuerpo


Cuando llegamos a la derrota corresponde hacer un alto, y recorrer la secuencia de las imágenes corporales de don Quijote, ya que su cuerpo, ahora cárcel de Dulcinea, parece buscar una nueva sustancia.

Todas las burlas, en realidad, denuncian un cuerpo mortificado, que debe revestirse para salir a escena. De hecho, está comprimido en las poderosas garras de un diseño artificial, ideado por el burlador. En realidad, invertiríamos la imagen platónica: el cuerpo no es cárcel del alma, sino el alma del cuerpo. Y este cuerpo que llega enjaulado a la Segunda Parte, se ha resecado como el cerebro: “seco, amojamado, como carne momia”, así lo ven el cura y el barbero cuando van a visitarlo.

Pensemos, como dice Marisa García, que don Quijote comienza y termina la Segunda Parte, tendido en la cama. Sería útil recordar ahora los regresos de don Quijote, en palabras del ama, en el capítulo 7, antes de que se produzca la tercera salida:

La vez primera nos le volvieron atravesado sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro de bueyes, metido y encerrado en jaula, adonde él se daba a entender que estaba encantado; y venía tal el triste, que no le conociera la madre que le parió: flaco amarillo, los ojos hundidos en los últimos caramanchones del celebro. (7, 507).

En verdad, el cuerpo cuaresmal de don Quijote nunca ha suscitado demasiados entusiasmos, como bien lo demuestra la comediante Dorotea ya desde la Primera Parte de 1605, ante el inminente desnudamiento del héroe para la comprobación de la existencia del lunar de predestinado (I, 30, 268); también cuando don Quijote, vence del gigante Pandafilando de la Fosca Vista, el espectáculo de su cuerpo la obligaba a apartar la mirada.

En la Segunda Parte, en casa de la duquesa, seis doncellas desvisten a don Quijote al modo en que los pajes desvestían a los caballeros andantes. La descripción aquí se extiende en didascalias:

Quedó don Quijote, después de desarmado, en sus estrechos gregüescos, y en su jubón de camuza, seco, alto, tendido, con las quijadas que por de dentro se besaba la una con la otra: figura que a no tener en cuenta las doncellas con disimular la risa…reventaran riendo (31, 36).

Pero en la ciudad de Barcelona, en el sarao de damas en casa de don Antonio, el bailador ejercicio le molió “no sólo el cuerpo, sino el ánima. Era cosa de ver la figura de don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado y, sobre todo, no nada ligero” (62, 869). Des-airado, pesado, amarillo…, el cuerpo de don Quijote, ¿no se parece al artificio de la cabeza encantada (62, 872), o a los “cuerpos de libros” que muelen el del autor cuentapropista en la imprenta (62, 874), más que a una comedia?


IV. La jaula alegórica


Como aconsejan los Padres de la iglesia, volvamos al lugar más claro, que sin duda es esa jaula del segundo regreso a la aldea, ya que va acompañada de profecía. Ha recibido dos líneas de interpretaciones. 

Salvador Fajardo, por ejemplo, asocia el carro de bueyes al de Saturno, símbolo de la finitud de los tiempos de la Edad de Oro5, y además del tiempo que está por llegar a su fin para don Quijote. Otros, yo misma en otra oportunidad, recuerdan el carro de la humillación en que viaja Lancelot en Le Chevalier de la Charrette de Chrétien de Troyes6.

Sin embargo, ahora veo que la imagen es más complicada, justamente porque el carro lleva una jaula. Otro carro tirado por bueyes, nos va a ayudar a dar cuenta de la jaula: viene del Éxodo; es el que lleva el Arca de la Alianza con las Tablas de la Ley a la ciudad de David (2 Samuel, 6). Y el Arca de la Alianza que guarda las Tablas de la Ley es prefiguración de la Eucaristía. Y la Eucaristía está simbolizada por los Padres de la Iglesia por una jaula. El “Ilimitado que se limitó”, primero al cuerpo humano, y luego al pan Eucarístico.

Teodoro el Estudita, nos propone una imagen del Señor muy parecida a la de don Quijote, “sentado en una jaula, las manos atadas, tendidos los pies, y arrimado a las verjas” enjaulado (47, 415). Dice así:

Cristo se hizo hombre, y se encerró como por verjas de todas estas cosas. El que era inabarcable se clausuró en el seno virginal; el que era inmenso se hizo pequeño; el que trasciende todo sitio, se sienta, se reclina; y el que está más allá de todo lugar fue puesto en un pesebre; y el que es más antiguo que todo tiempo, crecía en verdad y progresaba; el que es sin figura, fue visto en figura de hombre; y el que es incorpóreo, tomando cuerpo, dijo a sus discípulos: tomad, comed, esto es mi cuerpo. (Anttirrheticus III, I, 13; PG99,396); subrayado, mío)7.

Don Quijote se está convirtiendo en libro escrito. No es la primera vez que se homologan escrituras y Eucaristía. Orígenes, que vivió entre el siglo II y III, equiparó la sacralidad del pan eucarístico con la de las Sagradas Escrituras. Su teología parece haber prestado argumentos a los monjes que en el siglo VIII y IX defendieron la representación de la divinidad en imágenes, frente al poder de los iconoclastas. Gran parte de esas pequeñas tablitas pintadas que llamamos íconos fueron quemadas, pero el Concilio de Nicea dio la razón a los artistas. La polémica iconoclasia resurgió con la iconoclasia de la reforma luterana, en época de Cervantes, y volvieron a repetirse los argumentos teológicos de la doble limitación divina, que justificaban la representación de Dios por parte del hombre8. Así, la Eucaristía deviene, a su vez, figura de una poética que enfatiza el valor sagrado de la escritura. 

La España contrarreformista, enfrentada por la reforma luterana que negaba el carácter sacramental de la Eucaristía, proliferó en una riquísima cultura eucarística9. Todos conocemos las elaboradísimas custodias, las numerosas iglesias dedicadas al Santísimo, las fiestas de Corpus con sus Autos. El Quijote puede contextualizarse en ella. No debemos olvidar, además, que Cervantes perteneció durante muchos años a la Cofradía del Santísimo Sacramento.

Podemos ahora sacar las cuentas: al final de la primera salida el aposento se cierra, los libros se queman y aparece un cuerpo. A lo largo de la segunda salida, el cuerpo, purgado e iluminado, entra en la jaula, a título de “encantado” (primera autolimitación de Cristo, la Encarnación sacrificial de Dios en la cárcel del cuerpo humano); tercera salida, el cuerpo es dominado por una cárcel espiritual, artística, primero bajo la forma de comedia en la casa de los duques, y una vez comida y escrita Dulcinea en el corazón de don Quijote y -desde yacaído el disfraz de caballero andante, absorbe la materialidad dura que caracteriza la construcción artificial de la estancia barcelonesa (segunda limitación del cuerpo de Cristo en pan Eucarístico). Pero, falta una jaula, la jaula de grillos.


V. La jaula de grillos y el final


Enigmáticos augurios presiden el tercer regreso de don Quijote a la aldea. Algún trabajo de decodificación produce la corporal liebre10, que don Quijote devuelve al cazador. La alineamos en la simbología de la comedia, como las burlas propiciadas por la duquesa cazadora. En cuanto a la jaula de grillos, podemos apostar: si la liebre es el cuerpo, la jaula se tratará del Espíritu.

A diferencia de la liebre, entregada a los cazadores, don Quijote recibe la jaula. En cuanto “jaula de fin de salida”, es equidistante a la que lleva el cuerpo de don Quijote a la aldea al final de la Primera Parte11. Y entra en la oposición artificio corporal, comedia/artificio duro, libro. Pero ¿por qué 'grillo'? Juan Diego Vila retoma la interpretación de Trueblood como cigarra12 y agrega, asociada a ella, la figura de la Sibila. Y creo que voy a aceptar esta interpretación porque esta Sibila que eternamente profetiza guardada en pequeño espacio, me explica el final de la novela.

Una vez muerto don Quijote, sorpresivamente vemos aparecer otra vida, como si la jaula se abriera un poco. Es la misma, pero vista desde otro ángulo, nos devela una suerte de back stage del libro. Allí, el autor, Cide Hamete Benengeli, hace hablar a su pluma. Por ella, conocemos el secreto que vive transubstanciado en cuerpo de papel. Sus palabras afirman un destino ineludible, como el de Zoraida: “para mi sola nació don Quijote y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno”.

De este modo, la pasiva pluma le devuelve la actividad autoral a don Quijote, como había predicho la sobrina, y así coloca en el centro de su metamorfosis el acto de comer y escribir a Dulcinea13. Es más, en un anillo más que compromete el nombre de tapa con el Cautivo y éste con don Quijote, estas palabras que vienen del Cantar de los Cantares (6,3; 7,11) subrayan el amor esponsal que vuelve posible la creación artística14. La profecía del barbero se ha cumplido. El grillo, desde su jaula, no hace otra cosa que anunciar la dimensión eterna del artificio humano15.






1 De Doctrina Christiana, en Obras de San Agustín, Madrid, BAC, MCMLVII, v.XV, 235.

2 Cito por la segunda edición de Eudeba, prologada por Marcos A.Morínigo y anotada por Celina Sabor de Cortazar e Isaías Lerner. Buenos Aires, 2005. Entre paréntesis, van los números de capítulos, y si es necesario, los de página, ambos en arábigo. La indicación de la Primera Parte (1605) o la Segunda (1615), se deduce del texto.

3 V. “Don Quijote”, en Suma cervantina, ed. de E.C.Riley y J.B.Avalle Arce, London, Tamesis, 1973, 47-79.

4 En este sentido, ver, de Mercedes Alcalá Galán, “Aspectos de la metaficcionalidad de don Quijote: la novela de 1605 como espacio habitado por los personajes-lectores de la segunda parte”, en El 'Quijote' en Buenos Aires, ed. Alicia Parodi, Julia D'onofrio y Juan Diego Vila, Eudeba, Universidad, 2006, 139-146.

5 “The enchanted return: on the conclusión to Don Quijote I”, Journal of Medieval and Renaissance Studies, 16, 2 (1986), 233-251.

6 Ver, de Martín de Riquer, “Cervantes y la caballeresca”, en Suma cervantina, 273-392. De Florencia Calvo, “Otros modos de llevar a los encantados: Cervantes y Chrétien de Troyes: el libro no leído ni visto ni oído por don Quijote”, en Actas del II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, ed. por Giuseppe Grilli, Napoli, Istituto Universitario Orientale, 1995, 379-386. Mi trabajo, “La estructura alegórica del Quijote de 1605”, está en el mismo volumen, 431- 446.

7 Citado en El ícono, esplendor de lo sagrado, Buenos Aires, Gladius, 1991, 81-82.

8 Curtius las llama “poéticas teológicas”: ver su excurso XXII “La teoría teológica del arte en la literatura española del siglo XVII”, en pp.760-775 de su Literatura europea y Edad Media latina, México, FCE, 1955. Para la Eucaristía en Orígenes, ver Orígenes, del P.Jean Danielou, Buenos Aires, Sudamericana, 1958.

9 Ver “El arte al servicio del dogma”, 145-154 de Contrarreforma y Barroco,de Santiago Sebastián, Madrid, Alianza, 1989. También allí, el arca de la Alianza como prefiguración eucarística (1919) y las Sibilas en los programas dedicados al sacramento (180).Ver 72-86 de L'art réligieux après le Concile de Trente,de Émile Mâle ( Paris, Colin, 192), algunos de los símbolos como el carro, los leones en las representaciones eucarísticas, así como los tapices y cartones usados para su confección, dado que don Quijote es comparado con ellos ( 41, 729; ver también, en clave alegórica: 62, 874).

10 Ver, de Augustin Redondo, “Las tradiciones hispánicas de la 'estantigua' ('Cacería salvaje'o Mesnie Hellequin) y su resurgencia en el Quijote” en Otra manera de leer el 'Quijote', Madrid, Castalia, 1997, 101- 119.

11 Alan S. Trueblood (“La jaula de grillos (Don Quijote, II,73, en el Homenaje al profesor Antonio Vilanova, coord. por Adolfo Sotelo Vázquez y editado por María Cristina Carbonell; Barcelona, Departamento de Filología española, facultad de Filosofía, 1999)” las pone en relación por su tamaño en la línea de interpetación estoica del héroe.

12 Trueblood, en el citado artículo; Vila, en “Eternidad y finitud de Alonso Quijano: don Quijote, la Sibila y la jaula de grillos”, en Filología, XXVI, 1-2 (1993).

13 El excelente artículo de Riley ya había notado la interferencia en la novelación de los augurios de la jaula de grillos y la liebre: Symbolism in Don Quixote, Part II, Chapter 73.

14 Ver en 61-91, “El simbolismo místico”, en el citado libro de Santiago Sebastián.

15 El Dictionnaire des Symboles ,de Chevalier et Gheerbrant (Paris, Seghers, 1974), s.v.'grullon' nos dice que en la tradición china el grillo es símbolo de muerte y resurrección. Cosa que se ajusta a nuestra interpretación. Nos inquieta pensar, sin embargo, que esta jaula de grillos se anudaría a la extraña Dedicatoria al Conde de Lemos, donde finge un viaje no realizado, por estar enfermo, a la China para enseñar la lengua española.¿ Diríamos que el libro, como una caja china donde yacen el espíritu y la lengua de don Quijote y su autor, suple el viaje.

No hay comentarios:

Publicar un comentario