9.11.14
Diálogo entre Babieca y Rocinante
B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
R. Porque nunca se come, y se trabaja.
B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?
R. No me deja mi amo ni un bocado.
R. Porque nunca se come, y se trabaja.
B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?
R. No me deja mi amo ni un bocado.
Orlando Furioso a don Quijote de la Mancha
Si no eres par, tampoco le has tenido:
que par pudieras ser entre mil pares;
ni puede haberle donde tú te hallares,
invicto vencedor, jamás vencido.
Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, a Sancho Panza, escudero de don Quijote
Salve, varón famoso, a quien Fortuna,
Cuando en el trato escuderil te puso,
Tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
Que lo pasaste sin desgracia alguna.
La señora Oriana a Dulcinea del Toboso
¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,
por más comodidad y más reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!
Del caprichoso, discretísimo académico de la Argamasilla, en loor de Rocinante, caballo de don Quijote de la Mancha
(Soneto con estrambote)
En el soberbio trono diamantino
que con sangrientas plantas huella Marte,
frenético, el Manchego su estandarte
tremola con esfuerzo peregrino.
El Monicongo, académico de la Argamasilla, a la sepultura de don Quijote
Epitafio
El calvatrueno que adornó a la Mancha
de más despojos que Jasón decreta;
el jüicio que tuvo la veleta
aguda donde fuera mejor ancha,
el brazo que su fuerza tanto ensancha,
que llegó del Catay hasta Gaeta,
la musa más horrenda y más discreta
que grabó versos en la broncínea plancha,
Letanía de Nuestro Señor Don Quijote
Por: Rubén Darío.
Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.
Don Quijote Enjaulado un Ejercicio de Lectura
ALICIA PARODI
Universidad de Buenos Aires
Universidad de Buenos Aires
En los pasajes más claros se debe aprender el
modo de entender los oscuros
San Agustín, DC,III,XXVI, 371
Nuestro oficio de lectores tiene bases muy antiguas, como se puede leer por el epígrafe. No hay otro secreto: dada una cadena de motivos que se repiten y varían en forma aparentemente inconexa, a la luz de la ocurrencia menos opaca, restablecer la unidad de los restantes.
Hemos elegido el de la jaula porque tiene la peculiaridad de llevarnos desde el Prólogo de la Primera parte hasta el último capítulo de la Segunda. Antes de presentarnos a sus personajes, Cervantes nos habla del libro, un hijo “seco, avellanado, antojadizo, y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como que se engendró en una cárcel” Prólogo,7)2. La cárcel, entonces, está en su misma concepción, y deberemos tener respeto a esta marca inicial.
Donde se Cuenta Cómo me Encontré a Don Quijote de la Mancha en Medellín, Cuando la Ciudad se Llenó de Gigantes Inventados.
(Fragmento)
Por: Jorge Franco.
La tuerca ya no era tuerca sino lo que mi abuelo hizo de ella. Mi abuelo hacía figuras con chatarra, con tuercas y tornillos, con restos de alambre, trozos de lata, resortes oxidados o lo que su mente creadora considerara aprovechable para armar la figura que estuviera dándole vueltas en la cabeza. Cualquier objeto le servía y mientras más extraño y disforme fuera, mucho mejor. Cuando yo era niño y caminaba junto a mi abuelo nos deteníamos con frecuencia porque él se quedaba mirando algo en el suelo, un pedazo abandonado de cualquier cosa y él, picado por la curiosidad, se agachaba a recogerlo, lo miraba, lo estudiaba, a veces decía «esto puede funcionar como pierna», lo soplaba fuerte para bajarle la mugre, se lo echaba en el bolsillo y seguíamos caminando por las calles de un Medellín que no se parecía al de ahora.
Para una biografía de Dulcinea del Toboso1
Por: Cecilia Hernández de Mendoza
Cogito, ergo sum, dijo Descartes, y colocó así el Yo en el centro del problema filosófico. «Vivo com sueño, luego existo» parece decirnos don Quijote, y con ello sitúa el Yo en el centro del problema vital. Para Descartes la prueba de la existencia reside en el pensamiento; para don Quijote, en el ensueño hecho acción. Pero tanto en el filósofo francés como en Alonso de Quijada se determina y concreta la idea renacentista del individuo humano como eje del mundo; la que en el uno es un sistema, en el otro es un sentimiento.
Don Quijote es la realidad del mundo interno cambiando la realidad de lo externo. Nada es en él apariencia lógica, porque en nada se acomoda al mundo en torno; posee, empero, un fondo plenamente racional: el de seguir el propio impulso, el de obedecer a la propia voz. No ve las cosas como son sino como quisiera que fueran, lo que hace que su mirada se desfigure: lo objetivo es para él aquello que cree necesario para realizarse a sí mismo.
Al Libro de Don Quijote de la Mancha
Urganda la Desconocida.
Si de llegarte a los bue-,
libro, fueres con letu-,
no te dirá el boquirru-
que no pones bien los de-
Mas si el pan no se te cue-
por ir a manos de idio-,
verás de manos a bo-
aun no dar una en el cla-,
si bien se comen las ma-
por mostrar que son curio-
Si de llegarte a los bue-,
libro, fueres con letu-,
no te dirá el boquirru-
que no pones bien los de-
Mas si el pan no se te cue-
por ir a manos de idio-,
verás de manos a bo-
aun no dar una en el cla-,
si bien se comen las ma-
por mostrar que son curio-
Dulcinea del Toboso
| Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y de Francisca Nogales. Como hubiese leído novelas de caballería, porque era muy alfabeta, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen y le besaran la mano, se creía joven y hermosa pero tenía treinta años y pozos de viruelas en la cara. Se inventó un galán a quien dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de lances y aventuras, al modo de Amadís de Gaula y de Tirante el Blanco, para hacer méritos antes de casarse con ella. Se pasaba todo el día asomada a la ventana aguardando el regreso de su enamorado. Un hidalgo de los alrededores, un tal Alonso Quijano, que a pesar de las viruelas estaba prendado de Aldonza, ideó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en su rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario don Quijote. Cuando, confiando en su ardid, fue al Toboso y se presentó delante de Dulcinea, Aldonza Lorenzo había muerto.
FIN
Marco Denevi
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1984
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